Sólo quedan cinco kilómetros, parece poco, pero en estas circunstancias son un universo, o un multiverso. He conseguido correr gracias al corte que le he tenido que dar a mis zapatillas para que el dedo meñique campara a sus anchas. Ahí está. Lo veo. La última meta. Sin darme cuenta olvido el sustantivo dolor o miedo que me persiguió en algunos momentos y me engancho al sentimiento que de este tiempo a ninguna parte me acompañará en cada momento de mi vida. Doscientos metros, desabrocho la mochila. Cien metros, bajo la cremallera de la camiseta y la levanto poniéndola sobre mi cabeza para dejar ver el mensaje que va en la camiseta interior... Esta es para ti, pienso. En realidad él fue el motor, el verdadero motivo de que pudiera llegar. Paso la linea y a la par atravieso la mañana que caía, el maquillaje que lloraba la belleza imperfecta, 250 kilómetros de dudas y otros tantos de ilusión. Y a la par atravieso el primer suspiro que robé al tiempo.
Visto lo del volcán y mi cambio de trayectoria, en lugar de salir hacia el este me inclino hacia el oeste dirección Buenos Aires, lo más duro de la carrera va a ser llegar... Iluso de mi, en realidad lo más duro siempre es la carrera. En esos momento sé que el regreso será por el lado contrario al que partí y que completaré una vuelta al mundo.
Pronto me doy cuenta de que tendré problemas con la comida, aquel “cooking breakfast” liofilizado, simplemente es incomible; se oyen rumores de que muchos en sus mejores noches de borrachera han vomitado cosas con mejor aspecto. No consigo meterme dos cucharadas al cuerpo, y desde ese momento, probar cualquier tipo de liofilizado que llevo, me da arcadas. Los primeros kilómetros son a un trote suave, la mochila pesa toneladas. No sé porqué algo deja de funcionar y sobre el kilómetro veintiuno simplemente me apago. No me lo puedo creer. No sé lo que está pasando. Soy consciente de que llego aquí en uno de mis mejores momentos, pero es como si alguien hubiera cortado la cuerda de la cometa, y simplemente voy a la deriva. Enseguida me doy cuenta de qué es lo que hace que todo se desmorone con una facilidad pasmosa, el calor, es insoportable... Bebo agua y me doy de bruces con la segunda realidad del día, el agua está a treinta grados. Tardo varios minutos en decidir si bebo o me dejo deshidratar. al final tomo la decisión más acertada, aunque no la más coherente, beber...
En el último Check point, kilómetro treinta, veo a Juanma, medio muerto. yo me tiro bajo la tienda como si lo hiciera a una piscina olímpica, me da igual que el agua sea de cemento. Si Juanma está medio muerto, yo estoy muerto. Al poco llega Emilio, bueno, en realidad es un ánima que se le parece mucho. Nos hermanamos y partimos en comandita hacia la meta... Una tortura, de tal forma que a falta de un kilómetro, agacho el cuerpo y pongo mis manos sobre las rodillas: no puedo más, yo me retiro, que le den a todo esto, no tengo ni un gramo más de fuerza... si no es por Juanma y Emilio aún hoy estaría en aquel camino, sentado, tan feliz y tan contento. Pasamos la primera meta los tres juntos. Cuarenta y cinco grados, nos informan. Por primera vez en mi vida pienso que después de esta carrera no volveré a correr ni medio centímetro más nunca más.
Las dudas se cuelgan de las estrellas, estoy realmente tocado y no sé si podré salir al día siguiente, pero la noche, como un efecto invernadero que todo lo condensa, descuelga las dudas y las coloca sobre mi tejado. Hay que salir. Si la primera etapa se me hace dura, la segunda se me dibuja inhumana. La comida liofilizada me da arcadas ya sólo con olerla. Empiezo a tener problemas serios en los pies. Las ampollas aparecen como las margaritas en primavera, el agua que vamos atravesando favorece su génesis. Cambio las plantillas. Los últimos kilómetros nos sorprende una tormenta visceral, violenta y salvaje, como diría Carlos Goñi. Segunda linea atravesada. El proceso de marcha desde la tienda hasta el “cybertent” es un calvario. Pienso con detenimiento en que si alguna vez vuelvo a ponerme unas zapatillas será para cortar el césped.
La tercera etapa en realidad es una etapa trampa. Gran parte del recorrido es por un caminito de hierba... que oculta unas piedras irregulares que no me dejan dar dos pasos sin que se me tuerzan los tobillos, exactamente lo que necesitaban mis pies para decir “hasta aquí hemos llegado”. Aquí muere mi cámara de fotos al caérseme la mochila a un río mientras lo atravesaba, pienso que tal vez no recupere las fotos y eso me agobia. Hoy no he podido comer, el hecho de toparme con uno de esos sobres al hurgar en mi mochila me produce arcadas. Llego a la tercera meta después de atravesar una pista de aterrizaje de arena para avionetas. Soy un inconsciente y estimo que tal vez algún día vuelva a salir a entrenar, pero a trote cochinero.
Cuarta etapa. He conseguido comerme una asquerosidad picante, creo que ese picor ha camuflado la realidad, y yo, me lo he querido creer. 17 kilómetros por delante. Bien, por fin una etapa corta... Maldigo el día en que Carlos trazó esa etapa “corta”. Aquella subida y aquellas piedras hacen que suplique con un fervor infinito que alguien me ampute los pies, ofrezco recompensa, tierras y honores a quien lo haga. Al menos es la etapa más bonita de todas, pero invierto casi ocho horas en realizarla. Queda claro que las piedras y yo jamás entablaremos amistad ni tendremos un idilio. Deliro y algo me dice que tal vez algún día vuelva a apuntarme a una carrera, eso sí, con no más de veintiún kilómetros.
Dormimos a cielo abierto, hasta allí no hay medios de transportar las tiendas. La noche se vuelve corpórea, las estrellas se acuerdan de vivir. La nada se cubre de todo, y todo acaricia mis sueños. Soy oscuro, saboreo el sinsabor, me enmarco en una constelación y me duermo.
Cien kilómetros para la quinta, si la doblego podré decir que terminaré, más o menos... Hasta ahora he visto como muchos se quedaron por el camino, como gente lloraba por no poder continuar, y como otros tantos se arrastraban ante sus ilusiones y sueños. Ver a alguien llevándose a la boca una parte de esos sobres me revuelve las tripas, aún así consigo comerme medio sobre de carne con “nosequé”... Suspiro por unos huevos con patatas y chorizo. Los diez primeros kilómetros son la salida del acantilado en el que entramos ayer... ¡Espectacular! Pasamos un par de pozas a nado de unos doscientos metros cada una, pero lo peor está por llegar... diez kilómetros de piedras, una tortura más para mi. Decido centrarme en los Check Point, uno cada diez kilómetros, y estimo que cada uno de ellos ha de ser una meta. En el 4º se me hace de noche. Voy solo bajo las estrellas, la luna y mi frontal. Poco antes de llegar al 6º veo algo que posiblemente no olvide en mi vida, unos ojos entre la maleza, a ras de suelo, naranjas que se iluminan con mi frontal... al poco, se cierran... No quiero pensar en que sea un cocodrilo. Al llegar a España Moratinos, que de esto sabe mucho, me lo confirma, era un cocodrilo...
En el 6º coincido con King, la coreana compañera de tienda. Hay un acuerdo tácito, no hace falta más que una mirada, un gesto, una intuición... y partimos juntos. De ahí hasta meta vuelve a amanecer, el sol me vuelve a abrasar, tengo la sensación de que los pies son muñones, pero entro en meta, acompañado de King, después de veinticinco horas. Es realmente imposible describir el campamento, es muy parecido a “La noche de los muertos vivientes”, o como diría Juanma: “Esto por la noche, con los frontales, va a parecer la semana santa sevillana”. Julio tiene los pies destrozados, Ana tres cuartos de lo mismo. Emilio no sabe definir la palabra pie, yo, sencillamente no me atrevo a ponerme en pie... eso sí, Salva, líder de la carrera, está como una rosa, yo creo que encima va a medio gas. Han llegado ciento veinte corredores de los doscientos que tomamos la salida el primer día, casi se han retirado la mitad. Miro la etapa del día siguiente y aunque son doce kilómetros, diez de ello son sobre piedra, me temo que de ser así, no podré tomar la salida, Emilio está igual... en realidad todo el mundo está igual, de dejar la etapa así, es posible que sólo terminen la carrera veinte personas. Al final la organización, de una forma coherente a mi entender, decide acortar esa etapa a cinco kilómetros y sobre pista. Deliro y me veo corriendo algún día un maratón. Solo pensar en comida liofilizada me dan ganas de vomitar.
Sólo quedan cinco kilómetros, parece poco, pero en estas circunstancias son un universo, o un multiverso. Lo que en otro momento me hubiera llevado algo menos de dieciocho minutos, ahora se me antoja algo imposible, un camino sin rumbo y de nubes de hormigón. He conseguido correr gracias al corte que le he tenido que dar a mis zapatillas para que el dedo meñique campara a sus anchas. Aún hay que pasar dos ríos, si en algún momento desde que empezó la carrera, las zapatillas estuvieron a punto de secarse, era evidente que la organización no lo iba a permitir, ni eso, ni que mis ampollas dejasen de bucear y reblandecerse. Ahí está. Lo veo. La última meta. sin darme cuenta olvido el sustantivo dolor o miedo que me persiguió en algunos momentos y me engancho al sentimiento que de este tiempo a ninguna parte me acompañará en cada momento de mi vida. Doscientos metros, desabrocho la mochila. Cien metros, bajo la cremallera de la camiseta y la levanto poniéndola sobre mi cabeza para dejar ver el mensaje que va en la camiseta interior... Ésta es para ti, pienso. En realidad él fue el motor, el verdadero motivo de que pudiera llegar. Paso la linea y a la par atravieso la mañana que caía, el maquillaje que lloraba la belleza imperfecta, 250 kilómetros de dudas y otros tantos de ilusión. Y a la par atravieso el primer suspiro que robé al tiempo.
Me cuesta poner todos los nombres de las personas que me han ayudado, y me cuesta porque son tantos que me da miedo que alguno se me olvide.
Oliveira me dejó parte del material y algunos consejos y con ello hizo más liviano el peso de mi mochila y de mi cabeza, gracias tío, ahora entiendo la frase tuya de “nunca volveré a hacer una carrera de esas” después de Sables. Gracias a Syl, el 50% de Trail à Porter, tú estuviste allí aunque no lo sufriste, de esa que te libraste. Gracias por tus ánimos y apoyo, y tu infinita paciencia con tus clases de inglés. Gracias a Gorriti, Oscar, Peru, Cuco y todo el grupo, sois un motor de ilusiones y alegría. Kasia, contigo el inglés resultó un placer y una diversión, espero haber estado a la altura, you are a charm... ya me corregirás el próximo día. Gracias a Laura, Alfredo y Santi por esa cena en Perth, por vuestra hospitalidad, por esa charla... Che Laurita, fue un viaje reloco... ya sabes, me salvaste la vida en Sydney, de no ser por ti tal vez ahora estaría esquilando ovejas en Nueva Zelanda. Nos vemos. Qué decir de la tienda 14 con ese japonés y esos coreanos... y ese chico austriaco, pero sobretodo con vosotros: Emilio, Salva, Juanma... y Julio y Ana, que aunque estábais en otra tienda formásteis parte de la nuestra. Gracias por esos momentos, por esas risas, por esas curas de ampollas, por vuestro compañerismo e ilusión, vuestras lagrimas y vuestras sonrisas. Gracias Carlos por tus consejos, por estar ahí y por tus ánimos, ¡¡¡la próxima la corres tú, mamón!!! jaja. Gracias también a todas las personas que os pasásteis por el blog de RTP y dejásteis vuestros ánimos, al igual que a quienes los dejaron en los mails, sería imposible describir la ilusión que me produjo leerlos, fuísteis parte de la fuerza que me ayudó a llegar. Gracias a Alicia, Miguel y Teresa por esas gominolas, ese agua fría... pero sobretodo por compartir Australia conmigo. Una vez más fue un placer teneros en “mi equipo”. Os quiero mucho. Gracias al grupo GEIS y a AEAS por hacerme ver las cosas desde el otro lado, por llevarme de la mano y por hacer que os sintiera parte de mi. Gracias al Dr. Trilla por su obra arquitectonicoquirúrgica en mi hombro, y gracias a Ángel, el fisio que siempre está... A Mara, Mari José y Tico por hacer de la rehabilitación de mi hombro algo mucho más llevadero. Gracias a Luís, el podólogo que también siempre está. A Pablo, porque a pesar de los disgustos siempre termina sorprendiéndome. Gracias a todo el equipo de la AECC en especial a Luisa por su presencia voluntariosa y a Vanesa por su “savoir faire”.
Gracias a mis colaboradores: Gimnasio Yeyuk, Edicionlivre y Diputación de Valladolid. Como os he dicho otras veces, sin vosotros hubiera hecho igual la carrera porque a cabezón no me gana nadie, pero vuestra ayuda resultó determinante. Gracias a toda la gente que habéis colaborado en el proyecto “250 km contra el cáncer”, tal vez no solucionemos nada, pero sin nada, no hay solución.
Esta carrera está dedicada a todos los enfermos de cáncer que todas las mañanas han de levantarse y luchar, que olvidan el significado de la palabra derrota, que moldean el vacío con sus manos para crear un mundo de esperanza, que transforman lo voluble en constancia, lo impreciso en definido. Que ponen las nubes a tender al sol... Esta carrera está dedicada a mi padre, que me empuja cada día a su orilla envuelto en espuma.
Ps.- A todos aquellos que os ofrecísteis a hacerme algún tipo de plato suculento cuando terminara la carrera, a invitarme a cerveza o incluso con algún masaje o un fin de semana con todos los gastos pagados en un balneario, deciros que no lo he olvidado y que mi agenda está abierta a cualquier tipo de fecha, no os iréis a echar a tras ahora...
Ps.- Estoy de atar y creo que en algún momento volveré a hacer otra carrera de este tipo...
Australia 2010: More than a feeling
14 de mayo de 2010